Septiembre 7, 2026
El Show de Truman es un drama cinematográfico sobre Truman, un hombre en sus 30 que pertenece, sin saberlo, a una producción televisiva que lo ha mantenido en un mundo manufacturado desde su nacimiento. En su isla, todos menos él son actores de reparto.
El sistema en el que vive, su trabajo e incluso su matrimonio han sido decididos por el productor del show y su equipo.
Sin embargo, poco a poco, Truman va dándose cuenta de que ciertas cosas no cuadran. Que su realidad a veces se siente forzada. Que hay algo más allá.
En marzo de 2024, en una casa entre los suburbios de Asheville, North Carolina, le contaba a Lisa Neylan y Chad Clay sobre el día en que me obligaron a casarme y a ser pastor.
Como mis padres vinieron del campo y no fueron a la universidad, los elementos del trabajo y la iglesia lo eran todo.
Crecí yendo los martes, jueves, sábados y domingos, desde que me mudé de Vinto a Sacaba.
Era, como siempre he sido, curioso y muy «entrador», por lo que no fue raro que me envolviera tocando la batería y el piano, cantando, enseñando a los niños, predicando sermones cortos, limpiando la iglesia y ejerciendo liderazgo en el grupo de jóvenes.
Al fin y al cabo, esto «era gratis» y en mi barrio «no había nada más que hacer».
Mantener las notas en el colegio no era difícil. Y ya había ganado la beca Access para aprender inglés. Sin embargo, fue la beca a Estados Unidos, Youth Ambassadors, lo que despertó las sospechas del pastor, quien, como profecía autocumplida, auspiciaba que gracias a eso me alejaría de la iglesia y de mis múltiples trabajos.
Viajé a Estados Unidos aún con la mentalidad totalmente convencida de los sermones repetidos durante más de 14 años. Sin planes de cambiar mis convicciones y pensamientos, me aventuré a un viaje comparable, en mi mente, al de Neil Armstrong en el Apolo XI.
Nunca había volado en avión, y mucho menos salido del país. Y tras experimentar una vergonzosa serie de aventuras en el exterior, me di cuenta de que algunos elementos de mi realidad no cuadraban.
Aun así, era imposible salir de la iglesia, puesto que era mi familia y círculo social completo.
Así que, al volver, y con mis nuevas responsabilidades extracurriculares, decidí reducir mi compromiso de tocar piano en la iglesia.
Inmediatamente, y sospechosamente un domingo a la medianoche, en una oficina privada, el pastor me citó a solas para decirme dos cosas: que era la voluntad definitiva de Dios que me casara con quien el pastor decidiese y que siguiese el camino de pastor por el resto de mi vida.
Desconcertado, pero consciente de que algo no andaba bien, acepté, puesto que no había forma de decir que no o escapar. Era mi mundo. Nada de lo que hiciese podría durar más de una semana, hasta que los servicios del domingo y mi familia me hicieran encarar al manipulador pastor.
Pero me negaba a ser pastor. Yo había leído la Biblia por curiosidad, no por desear vivir del ministerio. Aun así, tuve que agachar la cabeza ante las acusaciones públicas del pastor y los sermones y encuentros autoritarios que me ponían en escena.
Un 10 de mayo de 2023, descubrí que era posible estudiar en Estados Unidos con beca.
No conocía siquiera a una persona en mi círculo que ostentara una licenciatura, mucho menos un título internacional. Pero, ante la gravedad de las circunstancias y la imposibilidad de escapar de mi entorno, era cuestión de vida o muerte investigar y conseguir becas completas en el extranjero.
Por lo que seguí investigando, hasta que definitivamente las pruebas hicieron clara una cosa: que había dioses estudiando en Estados Unidos y que yo, dejando todo atrás, podría acercarme a la posibilidad de ser uno de ellos.
Pero, con todos los vientos en mi contra, aquella premonición divina que tuvo el pastor se convirtió en una profecía autocumplida: apliqué a 20 universidades y me dieron becas completas en 5.
Fue una espera tortuosa. Aún recuerdo la llamada en la que me confirmaron una beca completa en una universidad mediana de Florida.
Rompí en llanto, pues sabía que había conseguido romper mis cadenas: era un hombre libre, por los siguientes cuatro años.
Al día siguiente, tras una reunión en la que el pastor había hecho llorar a su propio hijo frente al liderazgo, dije con orgullo: «Van a tener que encontrar a alguien más, porque no voy a estar aquí la siguiente semana».
Aún era un esclavo, pero ya tenía fecha de despegue, y no pensaba volver nunca más.
Tal como les dije a Lisa y a Chad en marzo de 2024, había entendido mi realidad forzada. Y del mismo modo que en la película de Truman, había encontrado el final del camino.
Un límite circunstancial a la realidad que conocía. Un sistema manufacturado del que se suponía que no podría escapar.
Era un hombre libre. Había ganado la vida.
Podía morir por mi libertad. Podía morir libre.
Podía morir en paz.